jueves, 9 de julio de 2009

El curso

Hola lectores
Desde un 9 de julio azul quiero desearles un FELIZ DIA DE LA INDEPENDENCIA. Nos felicitamos por el día del amigo, el cumple, la semana dulce, etc.,etc. y no somos capaces de desearnos UN FELIZ DÍA con mayúscula. Si nuestros próceres se pudieran asomar a la ventana de hoy, se asombrarían del fracaso. Sólo hay que leer un diario y ver los títulos principales para saber que a muy pocos les interesa verdadearmente nuestra Patria. La pandemia incurable ya entró en el Congreso y en los Palacios Legislativos, están todos infectados. Ya no pueden encontrar individuos sin mancha para cubrir los cargos y mucho menos, idóneos. Hay una sola meta, la ambición del poder y la billetera. Nadie está pensando en el patrimonio Nacional, ni en la educación mayúscula necesaria para asegurarlo. El cuento que les envío "El Curso" es sólo el pretexto para comunicarme con ustedes en este día tan especial.
Un abrazo
Pascual


EL CURSO


Todo comenzó a mi regreso de Buenos Aires, muy cerca de Gral. Acha:

- Señor tiene el registro vencido.

- No puede ser – le contesté al policía.

Mi sorpresa había sido sincera, creo que eso influyó para que me dejara seguir. Eso sí, con algunas recomendaciones:

- Vaya con mucho cuidado, aquí no lo paró nadie.

- Muchas gracias – le dije y no creí conveniente agregar nada más.

De ahí en más, mis pensamientos comenzaron a divagar: habían pasado tres años y todas las felicidades no compensaban una sola desgracia.

También comencé a hacer planes en mi agenda mental: las fotografías, echar un vistazo a las señales, recordar algunas preguntas raras, demostrar mi buen estado de salud...

La mente corre sin dirección, no sabe nada de señales de tránsito, ni de velocidad máxima. Así que me llevó al examen de mi primer registro: examen de maniobra en un parque de la Capital federal, creo que era en Palermo en el circuito KDT y también al oral, en aquellos tiempos no había nada escrito:

- ¿En qué marcha se deben de cruzar las vías del ferrocarril?

- En segunda.

- ¿Por qué?

- Porque si se para el auto se lo puede mover con la manija o el burro de arranque.

(Manija, carajo como se apilan los años. Manija, una de las pocas que el hombre no quería tener en la mano, una de las pocas que exigía un esfuerzo...)

- ¿En cuales casos no tiene prioridad el de la derecha?

- Bomberos , ambulancia, policía..

- ¿Y cuál más? Si no la sabe no pasa.

- El que sale del paso a nivel – recordé – siempre tiene prioridad de paso el que sale del paso a nivel del ferrocarril.

- Bien pibe, te las estudiaste todas, te felicito.

Después te hacían sentar en una silla y tenías que hacer las señas con las manos, no había guiños, apenas existía el “stop”.

La verdad es, que el viaje se me hizo más corto, pero como contraparte me quedó la ansiedad de tener el carnet renovado. Así que en la semana me hice sacar las fotos y me llegué hasta “Tránsito” . Me tomaron el examen y hubo algunas dudas ¿Quién iba a saber, que en un ciclomotor puede ir una persona acompañada de otra que pese menos de cuarenta kilos? (De dónde van a sacar la balanza). Y que el “MERCOSUR” había traído la novedad de otras señales. Y que algunos municipios adhirieron y otros no a encender las luces de día en radio urbano (Sabrán, el gasto de combustible que provocan con una medida de tal naturaleza).

Pero me fue bien, pasé la de la vista y la salud, respiré hondo y zácate:

- Tiene que hacer el curso, sino, no puede retirar el registro, tiene turno para el sábado a las 9,30 y la duración es de tres horas...

Entré a las 9,25 hs. Y ya estaba colmado el auditorio. Circulé por la derecha y me anotaron por orden de llegada. Doblé a la izquierda sin ceder el paso y tomé la calle principal. Le hice un guiño con la izquierda a una dos por cuatro y doblé con franco a la derecha. Sorpresa, a solo un box, una cupecita Mercedes, patentada en Julio me puso las luces altas y tuve que parpadearle varias veces.

Luego las luces se apagaron y comenzó la proyección de una carnicería humana y mecánica. Que al menos por un tiempo, te hace colocar el cinturón de seguridad hasta cuando tenés que sacar el auto del garaje. Pero ojo, todo sirvió para tomar un poco más de conciencia.

Después vinieron las charlas de los inspectores, las preguntas esclarecedoras y las pelotudas. El bostezo que te duele en la quijada, la charla de Landriscina y los faros inquietos de la cupecita que se enfrentaban a los míos.

Me escapé en contramano y cometí varias infracciones más, tomé la calle principal (Ahora sabía que no teníamos avenidas) y sin aminorar en las esquinas, como si entrara por la Fernández Oro llegué hasta el fondo (Al fondo a la derecha, como en todos los lugares) A mi regreso había muchos inspectores de tránsito, así que no me animé a adelantarme por la izquierda y estacioné para no tener que volver después a retirar el comprobante de asistencia. Cuando se comenzaron a entregar, me entretuve acomodando el índice de preguntas que devolvían.

La Inspectora me regaló una flor (En palabras) por mi ayuda. Pero en realidad yo estaba ahí por goloso, ella era lo más parecido a una muñeca. Una muñeca de chocolate.

Pascual Marrazzo ©

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