martes, 24 de febrero de 2009

Una mujer hecha de sueños (raye)

Hola lectores.

Desde un día azul de verano muy caliente les envío "Una mujer hecha de sueños" Dicen que "los sueños, sueños son". Como reafirmando que son sólo sueños. Pero para mi los sueños son, porque los vivo, son parte de lo que me pasa, de lo que sueño.

Un abrazo.

Pascual.



“UNA MUJER HECHA DE SUEÑOS”

En la memoria de mi saco de experiencias llevo una mujer hecha de sueños;.A veces me encuentro con otras que saben teñirse el cabello, sorprenderme con unas piernas más largas o el distinto color de sus ojos. Pero cuando se van, la mujer de mis sueños reaparece en mis pensamientos, siendo siempre la misma. El amor que le tengo es un relámpago que sabe a miel, a miel de mujer, esa que me da la vida y parpadea en mi estómago para quitarme el hambre. Por las noches, cuando voy a su encuentro siempre elijo un nuevo camino. Se trata de un tesoro protegido donde no quiero llevar la envidia.

Para que no se me note la alegría en la cara o en mis ojos, sólo me dejo acompañar por el goce escondido entre mis ropas. Llevo palabras importantes para decirle, pero siempre hay unas que no puedo repetir y el dolor de no usarlas me imprime la tristeza: “Te amo, te amo con toda el alma”.

Es la timidez de un viejo que todavía tiene el corazón encendido, un hombre que quiere resucitar una flor marchita que se ha despedido del amor.

Ayer me decía una amiga que un “Te amo” de mi boca, sonaría cursi, falso. Que todas las mujeres me conocen. Ella no se daba cuenta, pero me consolaba con sólo estar a mi lado. Los amigos son como los perros fieles, te adivinan la melancolía y respetan los estados de ánimos. Cómo explicarle que los corazones son los únicos que no pueden mentir.

Recorrí el libro más completo que llevo en la memoria buscando vanamente una mujer que supere su belleza y no la pude encontrar. Por eso abrí la puerta del fondo y despedí a todas las que se habían acomodado en el último rincón, donde siempre queda algo dulce. Después, cuando corrí las cortinas, noté cómo se arrastraban las argollas, una tras otra, para protegerme de las miradas indiscretas de mis vecinos. Una lluvia suave y persistente lavaba las almas del vecindario, desterrando totalmente al atardecer. La ansiedad de la penumbra era mía, era el momento del encuentro, donde la locura vertía su desenfreno y se enmarañaba en la ilusión de mis sueños.

Pascual Marrazzo ©


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