miércoles, 23 de mayo de 2012

Paseo matinal



Hola lectores
Desde un día azul de Otoño, les envío "Paseo matinal" Un cuento que encierra una metáfora oculta que termina cuando dice  "ella sabe que no tiene que cruzar" Lo que sigue es un final inesperado.
Un abrazo
Pascual




PASEO MATINAL

Una mañana quieta, desierta, temprana… como todas las mañanas de domingo. Apenas un reflejo de sol que presagia que no habrá tregua de verano. Las veredas del parque todavía están tibias, un borracho duerme su mona a lo largo de un banco. El humo de mi pipa flota aquietado y el follaje está inmóvil… si no fuera por el olor del tabaco, diría que estoy mirando un gran cuadro. Ella está a mi lado, observando mi quietud y tratando de adivinar mis pensamientos. Su mirada en forma de pregunta tiene la fuerza suficiente para sacarme de la actitud de espectador. Siento cierta vergüenza, ya que por lo general el tiempo que transcurre en la mañana del domingo, le pertenece… es el único que puedo darle. Pese a todo, su fidelidad es inmensa. Supero mi abstracción, apoyo mi mano en su cabeza, entrelazo mis dedos en su pelo, hasta que la empujo suavemente y corremos alocados por el césped. Pronto me doy cuenta de que llevo todos mis años a cuestas y me voy quedando atrás, entonces comenzamos un juego: ella se da vuelta y me mira… es la invitación a un ritual que se repite domingo a domingo, renuevo mí fuerza para alcanzarla y ella corre, corre, ágil, descalza, hasta desaparecer. Nuevamente siento una sensación de quietud, busco un sendero, se que ella aparecerá, como siempre, exaltando mi corazón. Mi marcha se va aquietando, se que la veré en algún momento, con alguna de sus sorpresas. Los colores cambian, entro en la sombra de los árboles gruesos que cierran el cielo, dejando pasar, alguna que otra vez, algún hilo dorado. Y en este marco expectante, aparece ella. Su figura desnuda no desentona; yo en cambio, me siento un intruso atrapado por la naturaleza. Se abalanza sobre mí casi salvajemente, rodamos, nos revolcamos y jugamos, dejándonos llevar por el vacío de la cordura hasta quedar exhaustos. Tengo la espalda dolorida, ella jadea, me levanto y emprendemos el regreso. Al salir del parque noto que han pasado un par de horas, la ciudad comienza a despertar, ella se para en el cordón de la vereda y me mira, sabe que no tiene que cruzar, saco de mi bolsillo la correa, la engancho en su collar, cruzamos y volvemos a casa.

                                                                                                                                    Pascual Marrazzo ©
Del libro “Los Cuentos de Pascual”
Ediciones Tu Llave, colección: Nosotros el Sur

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